Yo sabía que las cosas que me decían no eran ciertas. En esa época yo pensaba que tal vez había algo en mi que yo no veía y todos los demás sí. ¿Y si fuera ciero?

La lógica humana, o más bien mi lógica me decía que tal vez yo era amaneradillo. Mi voz yo la escuchaba normal por decirlo de alguna manera, pero supongo tuve voz pillona, muchas veces por teléfono creían que la que contestaba era mi hermana y no yo.
Eso me caía muy gordo. La voz me fue cambiando hasta los 13 años, pero por mucho tiempo tenía voz de niña, debo reconocerlo.
No me salía mucho pelo porque soy lampiño y eso me frustraba. Todo en ese momento me frustraba.
La secundaria no paso tan desapercibida, ahí estuve de los 11 a los 14 años. Tenía mi grupito de amigos y era suficiente, los demás decían misa.
Pero claro cuando alguien se burlaba de mi, me hería.
Las hormonas empezaron a hacer lo suyo y como ya era de secundaria, me empezó a gustar una niña de otra escuela. Nos hicimos novios y a la semana todo había terminado, no la volví a ver.
Pero me sentía importante, un solo beso en la mejilla selló nuestra noviazgo y sentía que el pasado habría terminado y que yo ya era un hombre.
En esos días un vecinillo se empezó a juntar en mi casa. Se llamaba Ernesto, el era muy amanerado, pero era buen chico. Iba y platicaba con mis hermanas y conmigo, digamos era amigo de la familia. Yo iba a su casa y conocí a su familia todos eran buena gente. Pero él era diferente, la verdad eso nunca me importó, tal vez por el antecedente del que ya platiqué.
Un día, mi papá me prohibió volverme a juntar con él y no me dio explicaciones. Crecimos y nos dejamos de ver.
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